martes, 23 de abril de 2013

Día del Libro.

Un blog es casi un libro, solo que un libro sin cuerpo físico. Un blog es el espíritu de un libro. Un blog es un libro sin ese cuerpo formado por hojas, páginas, y protegido por una dermis gruesa que es la tapa y contratapa. Es la esencia de un libro. ¿Cómo pues va un blog, a dejar pasar el Día del Libro sin celebrarlo?

Día del Libro.

Un blog como este que aspira a bajar del cielo como los nefilim y tomar un cuerpo humano para dejarse llevar por el placer de los sentidos, no podía menos que recordar que hoy es el Día del Libro.

En homenaje al libro, al Día del Libro y a tanto bueno que nos dan los libros, va este post, esta imagen y un enlace a "Un libro es".


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sábado, 20 de abril de 2013

El cuento de los miedos del hombre.

Cuento de los miedos del hombre.

Al principio, el hombre tuvo miedo de la naturaleza. Tanto miedo le tuvo que llamó Dios al Sol y Madre a la Tierra.

Pasó el tiempo y como dos Dioses no parecían suficientes, el hombre inventó muchos más dioses que acabaron siendo el origen de sus miedos.

Pasó el tiempo y ni estos dioses protegían al hombre. Fueron años en los que la naturaleza atemorizó al hombre en forma de poderosos monstruos y monstruosos dragones.

Pasó el tiempo y el hombre mató a los dragones y aunque dejó vivos a los inútiles dioses, intentó controlar la naturaleza él mismo. Lo consiguieron unos pocos, los llamados brujos y brujas. Pero el hombre los quemó en hogueras.

Pasó el tiempo y el hombre finalmente mató a sus dioses y llamó ciencia al control de la naturaleza. Pero ese control era solo una ilusión y el hombre tuvo miedo de los monstruos de la ciencia.

Pasó el tiempo y el hombre tuvo miedo al hombre. Sus sueños se llenaron de zombies humanos que se comían a si mismos.

Y es que no me extraña. Damos miedo.

Exterminio de otras especias y otras razas.
Santa Inquisición
Colonización de América.
1º Guerra Mundial.
2º Guerra Mundial.
Alemania nazi.
Bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki.
Terremoto de Valdivia.
Chernóbil.
Terrorismo.
Desertización.
Cambio climático.
11 de septiembre.
Incendios provocados
Vertidos tóxicos...


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jueves, 4 de abril de 2013

Un libro es...

Una casa sin libros es como una boca sin dientes, como una cabeza sin pelo, como un jardín sin flores, como un coche sin ruedas, como un súper sin cajas, como un mercado sin naranjas, como un monasterio sin monjes, como una montaña sin falda, como un pub irlandés sin Guinness, como un francés sin queso, como un cojín sin relleno, como un súper-héroe sin villano, como un colegio sin niños, como un árbol sin hojas, como una pecera sin peces, como una impresora sin tinta, como una mesa sin patas, como una aguja sin hilo...

Un libro es...


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lunes, 18 de febrero de 2013

¿Qué quieres ser de mayor?

-¿Qué quieres ser de mayor? -le preguntaron a aquella niña de coletas tan tensadas que le achinaban ligeramente los ojos.

Cuento. ¿Qué quieres ser de mayor?

La niña, levantó la mirada al cielo como preguntándole a las nubes.

-Ay, estos niños... - decían los que ya eran mayores y hacía tiempo que habían tomado su decisión.

A pesar de que aquellos mayores pronto cambiaron de conversación y olvidaron una respuesta a una pregunta que nunca les había intereasdo mucho, la niña se quedó buscando la respuesta toda la tarde.

¿Qué quiero ser de mayor? ¿Qué quiero ser de mayor? ¿Qué quiero se de mayor? -se preguntó mentalmente una y otra vez.

Maestra, quizá quisiera ser maestra. ¿Bombera? ¿Futbolista, secretaria o marinera? ¿Tal vez pudiera estudiar para ser abogada o incluso juez? Seguramente seguiría los pasos de su madre y se haría costurera. O quizá preferiría atreverse a escalar tejados como hacía su padre para arreglar antenas. ¿Pastora de ovejas? ¿Trapecista? ¿Conductora de autobús?

Cuando la noche amenazaba caer sobre la ciudad y a la pequeña se le cerraban los ojos mientras miraba sus dibujos favoritos en la tele, cayó en la cuenta.

¡¡Ya sé qué quiero ser de mayor!! - gritó dando un respingo y asustando a los demás.

Cuando consiguió cautivar la atención de todos, lo dijo por fin.

- Yo de mayor quiero ser, Cristina.


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lunes, 7 de enero de 2013

La sueca.

Me dijeron que lo consultara con al almohada. Pero es que mi almohada es una almohada de IKEA y claro, cuando le consulto algo se hace la sueca.


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viernes, 4 de enero de 2013

La estrella mágica y los tres viejos.

No eran hermanos de sangre, pero llevaban tanto tiempo juntos, que así se llamaban entre ellos.

Cuento de los Tres Reyes Magos.

Ya no recordaban si tenían 2000 o 3000 años, pero eran tan viejos que solo se atrevían a sostenerse en pie, con una silla a menos de medio metro de sus pies.

Y sin embargo, volvieron a ver la estrella y los tres sabían qué significaba.

Aquella noche se acostaron pronto pues al amanecer, necesitarían todas las fuerzas que pudieran acumular con el descanso.

La estrella pasó sobre ellos durante esa noche y la magia volvió a funcionar.

Aquellos viejos que apenas podían moverse unos pasos la noche anterior, se levantaron igual de viejos pero ágiles, fuertes y con una magnífica visión que utilizarían durante todo el día, para leer mapas y llegar a los lugares más lejanos de aquel oriente donde habían pasado todo un año.

Los pajes trajeron los camellos, los pajes subieron y ataron los regalos a esos camellos, pero Melchor, Gaspar y Baltasar pudieron subirse solos.

El día pasó con risas y bromas entre aquellos magníficos señores y sus capaces ayudantes, y poco a poco el peso sobre los camellos fue disminuyendo.

Al ocaso aún seguían repartiendo regalos por las casas y aunque el cansancio del duro día parecía mellarles, pudieron recuperar algunas fuerzas, gracias a que encontraron leche y galletas en algunas de esas casas.

La estrella que les guió desapareció y los Tres Reyes Magos volvieron a su oriente para un merecido descanso.

Aquella noche se acostaron tarde, muy tarde. Tan tarde que el Sol asomaba justo en el momento en que Melchor, Gaspar y Baltasar cerraban sus ojos.

Al día siguiente, la magia de la estrella se había perdido y los tres viejos volvían a parecerlo.


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jueves, 20 de diciembre de 2012

El mundo de Alberto.

Alberto salió de casa subiéndose el cuello del jersey. Era un día que se prometía frío y no quería pagar un descuido en cama, ahora que se acercaba la Navidad.

Relato: El mundo de Alberto.

El joven caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficina donde le esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca acababa.

Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook.

Cada día, a las cinco de la tarde, Alberto apagaba su ordenador y dejaba su mesa de trabajo con asuntos pendientes hasta la próxima mañana. Y así lo hizo aquel día también.

Pero este día debía estar más cansado de lo normal porque tuvo que estirar el brazo más de lo corriente, para conseguir alcanzar su abrigo del perchero común de la oficina.

Al salir del trabajo, Alberto pasó el resto del día con unos amigos en el bar, en el que solían encontrarse cada tarde.

Finalmente en la noche, llegó tan agotado a casa, que apenas tuvo tiempo de tomar su acostumbrado zumo y acostarse para en pocos minutos caer en un profundo sueño.

Alberto salió de casa subiéndose el cuelo del jersey. De tanto estirarlo, el cuello del jersey debía haber cedido y ahora consiguió taparse hasta más arriba de la nariz.

El jovén caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficina donde les esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca ababa. No se dio cuenta, pero Alberto tardó algunos minutos más en llegar esta mañana a su trabajo.

Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook. Todo parecía costarle un poco más aquel día y todo parecía estar más lejos de sus manos, de su vista, y hasta alcanzar el reposapies bajo su mesa empezó a ser un desafío.

A las cinco de la tarde, Alberto apagó su ordenador y dejó su mesa de trabajo lista y con asuntos pendientes hasta la mañana siguiente.

Jorge, compañero de Alberto en aquella oficina, le descolgó el abrigo y se lo ofreció cuando Alberto se aceró al perchero, al notarle algo más cansado que de costumbre aquel día.

Menos mal que aún tenía pendiente un buen rato con sus amigos en el bar.

Pasó un día más. Aquella noche, Alberto se quedó dormido en el sofá que curiosamente nunca le había parecido tan cómodo y nunca había podido acoplarse en él tan fácilmente.

El despertador sonó en el dormitorio. Alberto se despertó de mala gana y caminó hasta la mesilla de noche, para silenciar aquel sonido que esta mañana parecía sonar más fuerte que otros días.

Cuando llegó al dormitorio, Alberto pensó que aún estaba dormido en el sofá y en medio de un surrealista sueño que le hacía creer que la mesilla había crecido y ahora le sacaba una cabeza.

Tardó unos segundos en girar la cabeza para darse cuenta de que no solo la mesilla de noche había crecido. La cama era ahora casi inaccesible para Alberto, el armario aparecía monstruoso en la parte derecha de la habitación y le resultaba imposible comprobar si hoy también tendría que levantarse el cuello del jersey porque no accedía ver fuera de la ventana.

¡¡El jersey!! Alberto se miró para descubrir que anoche se quedó dormido sin darse tiempo a ponerse el pijama. Dio un respingo y cayó de bruces en la alfombra que cubría un lateral de la cama, al tropezar con las perneras del pantalón que sobresalían unos palmos bajo sus pies. Al levantar los brazos se dio cuenta de que los mismos palmos de jersey no le dejaban encontrarse las manos.

¿Qué había pasado? ¿Por qué todo era tan grande? ¿Acaso estaba en el otro lado del espejo?

Alberto, sin parar de temblar, acertó difícilmente para doblar varias veces los pantalones y sujetar cada pernera con un imperdible. Repitió la operación con las mangas del jersey, aunque esta vez pudo ahorrarse el imperdible, y quiso escapar de aquella gigantesca casa que no reconocía como suya.

Al salir de un empujón de la casa, tuvo que retroceder tras pasos hacia atrás hasta la puerta. Todo, absolutamente todo en la calle, también había crecido desproporcionadamente.

Los semáforos medían 6 metros de altura, los coches irrumpían monstruosos bajo la acera, los árboles que hasta entonces le habían parecido ornamentales plantados frente a su casa, ahora se elevaban amenazantes sobre él, los bancos sobre los que tantas veces había descansado se mostraban entonces como bloques de construcción inalcanzables.

La gente, paseantes sin destino fijo o marchantes con objetivo seguro, pero todos engendros gigantescos, raseaban cerca de él sin que pareciera que percibían su presencia.

Alberto se acurrucó en un rincón de la calle más asustado por ser pisado que por la mala fortuna que había provocado que todo en su derredor creciera de manera tan desproporcionada.

Allí, Alberto se quedó muy quieto. Tan quieto se quedó, que pasó el miedo para dejar paso al sueño. Alberto se durmió y el mundo creció más.

El mundo que había sido suyo creció tanto, que Alberto desapareció para él.

El jersey de Alberto apareció una mañana, vacío y sujeto una rueda de coche, como si alguien se hubiera atrevido a desafiar al frio perdiéndolo. Los papeles que había dejado el día anterior sobre su mesa en la oficina, quedaron allí para siempre, pendientes de que alguien los pusiera en orden. El abrigo de Alberto quedó olvidado y colgado, gigantesco dentro del también gigantesco armario.

Sus amigos en el bar, preguntaron una sola vez por él, justo en el momento en que el mundo se hacía tan, pero tan grande para Alberto, que lo olvidaron.


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