Los Cuentos del Conejo Owens
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Alberto salió de casa subiéndose el cuello del jersey. Era un día que se prometía frío y no quería pagar un descuido en cama, ahora que se acercaba la Navidad.

Relato: El mundo de Alberto.

El joven caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficina donde le esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca acababa.

Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook.

Cada día, a las cinco de la tarde, Alberto apagaba su ordenador y dejaba su mesa de trabajo con asuntos pendientes hasta la próxima mañana. Y así lo hizo aquel día también.

Pero este día debía estar más cansado de lo normal porque tuvo que estirar el brazo más de lo corriente, para conseguir alcanzar su abrigo del perchero común de la oficina.

Al salir del trabajo, Alberto pasó el resto del día con unos amigos en el bar, en el que solían encontrarse cada tarde.

Finalmente en la noche, llegó tan agotado a casa, que apenas tuvo tiempo de tomar su acostumbrado zumo y acostarse para en pocos minutos caer en un profundo sueño.

Alberto salió de casa subiéndose el cuelo del jersey. De tanto estirarlo, el cuello del jersey debía haber cedido y ahora consiguió taparse hasta más arriba de la nariz.

El jovén caminó, como lo hacía todas las mañanas, hasta la oficina donde les esperaba un trabajo que aunque hacía todos los días, nunca ababa. No se dio cuenta, pero Alberto tardó algunos minutos más en llegar esta mañana a su trabajo.

Pasó el día ordenando papeles, contestando a los correos electrónicos y con alguna escapadita rápida a su cuenta en Facebook. Todo parecía costarle un poco más aquel día y todo parecía estar más lejos de sus manos, de su vista, y hasta alcanzar el reposapíes bajo su mesa empezó a ser un desafío.

A las cinco de la tarde, Alberto apagó su ordenador y dejó su mesa de trabajo lista y con asuntos pendientes hasta la mañana siguiente.

Jorge, compañero de Alberto en aquella oficina, le descolgó el abrigo y se lo ofreció cuando Alberto se aceró al perchero, al notarle algo más cansado que de costumbre aquel día.

Menos mal que aún tenía pendiente un buen rato con sus amigos en el bar.

Pasó un día más. Aquella noche, Alberto se quedó dormido en el sofá que curiosamente nunca le había parecido tan cómodo y nunca había podido acoplarse en él tan fácilmente.

El despertador sonó en el dormitorio. Alberto se despertó de mala gana y caminó hasta la mesilla de noche, para silenciar aquel sonido que esta mañana parecía sonar más fuerte que otros días.

Cuando llegó al dormitorio, Alberto pensó que aún estaba dormido en el sofá y en medio de un surrealista sueño que le hacía creer que la mesilla había crecido y ahora le sacaba una cabeza.

Tardó unos segundos en girar la cabeza para darse cuenta de que no solo la mesilla de noche había crecido. La cama era ahora casi inaccesible para Alberto, el armario aparecía monstruoso en la parte derecha de la habitación y le resultaba imposible comprobar si hoy también tendría que levantarse el cuello del jersey porque no accedía ver fuera de la ventana.

¡¡El jersey!! Alberto se miró para descubrir que anoche se quedó dormido sin darse tiempo a ponerse el pijama. Dio un respingo y cayó de bruces en la alfombra que cubría un lateral de la cama, al tropezar con las perneras del pantalón que sobresalían unos palmos bajo sus pies. Al levantar los brazos se dio cuenta de que los mismos palmos de jersey no le dejaban encontrarse las manos.

¿Qué había pasado? ¿Por qué todo era tan grande? ¿Acaso estaba en el otro lado del espejo?

Alberto, sin parar de temblar, acertó difícilmente para doblar varias veces los pantalones y sujetar cada pernera con un imperdible. Repitió la operación con las mangas del jersey, aunque esta vez pudo ahorrarse el imperdible, y quiso escapar de aquella gigantesca casa que no reconocía como suya.

Al salir de un empujón de la casa, tuvo que retroceder tras pasos hacia atrás hasta la puerta. Todo, absolutamente todo en la calle, también había crecido desproporcionadamente.

Los semáforos medían 6 metros de altura, los coches irrumpían monstruosos bajo la acera, los árboles que hasta entonces le habían parecido ornamentales plantados frente a su casa, ahora se elevaban amenazantes sobre él, los bancos sobre los que tantas veces había descansado se mostraban entonces como bloques de construcción inalcanzables.

La gente, paseantes sin destino fijo o marchantes con objetivo seguro, pero todos engendros gigantescos, raseaban cerca de él sin que pareciera que percibían su presencia.

Alberto se acurrucó en un rincón de la calle más asustado por ser pisado que por la mala fortuna que había provocado que todo en su derredor creciera de manera tan desproporcionada.

Allí, Alberto se quedó muy quieto. Tan quieto se quedó, que pasó el miedo para dejar paso al sueño. Alberto se durmió y el mundo creció más.

El mundo que había sido suyo creció tanto, que Alberto desapareció para él.

El jersey de Alberto apareció una mañana, vacío y sujeto una rueda de coche, como si alguien se hubiera atrevido a desafiar al frio perdiéndolo. Los papeles que había dejado el día anterior sobre su mesa en la oficina, quedaron allí para siempre, pendientes de que alguien los pusiera en orden. El abrigo de Alberto quedó olvidado y colgado, gigantesco dentro del también gigantesco armario.

Sus amigos en el bar, preguntaron una sola vez por él, justo en el momento en que el mundo se hacía tan, pero tan grande para Alberto, que lo olvidaron.




Esther Ollauri me llamó el día anterior. Tras pocos minutos de charla, no logré hacerme una idea del motivo de aquella llamada, pero sí logré la suficiente curiosidad. Esther necesitaba mi ayuda, pero prefería hablar conmigo en persona.

Relato Mi amigo no parece el mismo.

Cuando Helena, mi secretaria, me avisó de que la Srta. Ollauri había llegado, escondí la máquina de videojuegos en el cajón y le dije que podía pasar.

Pocos segundos más tarde, una atractiva mujer de unos 30 años, asomó por la puerta.

-Siéntese -le dije al ver que se paró en la pueta.
-Como ya le dije por teléfono, necesito su ayuda -dijo ella directamente.
-Continúe -le dije yo.
-Verá, se trata de un amigo mío. Desde hace 5 días actúa de una forma extraña. Quiero decir -intentó explicarse- que no parece el mismo. Sé que le sonará raro, pero creo que ni siquiera me reconoce, creo que no sabe ni quien soy. Acudo a usted porque me han dicho que es el mejor investigador privado de la ciudad y necesito saber que le pasa a Javier.

Después de la visita de Esther Ollauri no pude menos que abandonar por completo los videojuegos para ponerme a trabajar.

Esther me había dejado el nombre de su amigo, su dirección y una fotografía en la que aparecían la chica y él, en una reciente cena con más compañía.

Esa misma tarde decidí no andarme con rodeos y hacerle una visita directa a Javier Zubiri, que así se llamaba el misterioso amigo que ahora ignoraba a Esther.

La casa de Javier estaba en una calle larga. La dirección que pude leer en la nota de Esther pertenecía a una finca de 4 alturas.

Aunque mi primera intención fue llamar a la puerta y enfrentarme directamente a las respuestas y excusas de Zubiri, cambié de opinión y decidí esperar y observar en un banco, desde donde podía ver perfectamente el portal de la finca.

No tuve que esperar demasiado ya que a los 10 minutos, salió un hombre del portal. Saqué rápidamente la fotografía que me dio Esther Ollauri esa misma mañana, y pude comprobar que se trataba del mismo Javier Zubiri.

Pensé en levantarme y seguirle, pero me retuve cuando vi que entraba en el estanco de la esquina y pronto salió con un paquete de tabaco y deshizo sus pasos al volver al portal y entrar de nuevo en casa.

Mientras aún no me había vuelto a acomodar en el banco que me servía de punto de vigilancia, me sorprendió volver a ver a Javier Zubiri andando de nuevo hacia su casa, esta vez cargado con una bolsa de compra en cada mano.

¿Cómo podía ser? ¿Cuándo salió Zubiri del portal sin que lo hubiera visto? ¿Acaso estaba perdiendo mis reflejos y mi capacidad de investigación?

Cuando ya me estaba planteando la jubilación anticipada, caí en la cuenta de la posibilidad de una segunda entrada a la finca. Estaba claro, Zubiri había entrado en el portal sin llegar a pisar su domicilio, para salir de nuevo por una puerta trasera.

Fui a comprobarlo dando vuelta a la calle y así era; había una segunda puerta de entrada y salida al edificio, aunque estaba bien cerrada. Seguramente era una salida de emergencia que algunos vecinos utilizaban como si fuera la principal. Solo faltaba saber por qué Zubiri salió por la puerta de atrás.

Pensé que sería bueno subir a hablar directamente con Javier Zubiri, pero tenía que pensar en una buena y creíble razón para hacerlo. No podía decirle simplemente que era un asalariado de su amiga Esther la que había decidido espiarle.

Di la vuelta de nuevo a la calle hasta llegar al portal principal y subí hasta la puerta 5, en el tercer piso.

Observé que la puerta 6 parecía deshabitada, así que llamé a casa de Zubiri y cuando abrió la puerta, le dije con toda la convicción que pude:

-¿Sr. Zubiri?
-Sí, soy yo -contestó el hombre que abrió la puerta.
-Me he instalado aquí -señalando la puerta contigua- al lado, en la puerta 6 y quería saludarle y avisarle, sobre todo por si escucha ruidos que no se extrañe.
-Oh, bueno - me dijo mirando dudoso la puerta 6.
-¿Quién es Martín? -se oyó desde dentro de la casa.
-Es el nuevo vecino -gritó el de la puerta.
-Bueno -dije- yo ya me voy. Solo quería saludar.

Deje la puerta despacio, dando tiempo a que Zubiri la cerrara y que no pudiera notar que no era realmente un nuevo vecino de la puerta 6.

Bajando la escalera y finalmente llegando al portal, no dejaba de preguntarme sobre la voz que se oyéo desde el interior de la casa. Según Esther, Javier Zubiri vivía solo.

Di un respingo cuando caí en la cuenta y atando cabos lo comprendí todo.

Llamé a Esther Ollauri pidiéndole que viniera rápido.

Esther, que casualmente conducía cerca, llegó pronto y le expliqué que Javier la recordaba. Pero que el Javier con el que intentaba su acostumbrada amistad estos últimos días no era Javier. Que Javier no parecía el mismo porque no era el mismo.

Sin decirle más, subimos hasta la quinta puerta en el tercer piso de la finca que había estado toda la tarde observando y llamamos, yo emocionado y Esther confundida.

No tardó en abrir la puerta Javier Zubiri que saludó a Esther para después preguntarle por qué hacía tanto tiempo que no sabía de ella.

Aún no había salido Esther de su confusión cuando fue Martín, el hermano gemelo de Javier, el que llegó curioso a la puerta al tiempo que me preguntaba a  mí,  si había olvidado decirle algo y que si necesitaba alguna cosa.





Di, ¿qué es lo peor que te puede pasar en un cuento?

De princesa a reina

¿Piensas que no te puede pasar nada peor que ser una hermosa dama con una hermosa voz y que una bruja envidiosa te convierta en sirena? ¿Es posible que te hayas convencido de que no puede ocurrir nada peor que siendo un príncipe, por un hechizo te conviertas en rana? ¿Crees que lo peor que te puede pasar es que siendo una princesa, caigas un día en un profundo sueño del que solo despertarás por un beso de amor verdadero? ¿Te han convencido de que debes temer comer una galleta y de pronto no caber en una casa? ¿Piensas que no habría nada más terrible que convertirte en un feo y verde ogro por una maldición?

Olvida todo eso. Lo peor que te puede pasar en un cuento, es que un día dejes de ser una princesa para ser una reina.




Una vez tuve miedo. Y solo ahora que han pasado los años me atrevo a contarlo. Solo si te consideras valiente, sigue leyendo y descubrirás por qué.

El Monstruo.

Y es que solo con el paso de los años, he logrado reunir el valor para enfrentarme a ese miedo y hablar de EL MONSTRUO.

La monstruosa criatura que hace ya 5 años, consiguió arrugarme las entrañas y helarme el alma, es, o más bien parece un hombre.

El hombre-monstruo del que quiero advertir y del que a continuación leeréis sobre su aterradora imagen, parece un hombre normal.

El monstruo, sin ser en realidad un hombre, se presenta como si lo fuera sobre todo porque vive entre gente normal, en una casa de lo más normal y en una ciudad tan normal que podría ser la tuya. Pero es un monstruo.

Es un monstruo-hombre guapo, muy guapo. Sus ojos morenos iluminan un rostro amable y agradable, acompañando siempre una sonrisa. Su pelo, graciosamente ondulado, intenta crecer bajo un corte perfecto. Las manos del monstruo sobresalen amistosas por las mangas de una chaqueta que parece hecha a su medida y que combina perfecta, con unos pantalones que seguro están hechos a medida. Los zapatos del monstruo se muestran siempre tan limpios que alguien podría asegurar que jamás han pisado aquella ciudad sucia y llena de hombres normales, donde vive este monstruo.

Y aunque su pulcro, cuidado y más que normal aspecto, es lo que aterra realmente de este monstruo, para que podáis reconocerlo debéis saber también que tiene un cerebro de ladrillo y un corazón azul y lleno de espinas.





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